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19 de noviembre de 2007

Nuevas evidencias de la catástrofe de La Atlántida

Una inundación hace 8.300 años en el Mediterráneo Oriental, que para algunos podría ser el origen de la leyenda del Arca de Noé, según el investigador Jaime Manuschevich es la reafirmación una vez de más su teoría. Esta catástrofe en el Mediterráneo Oriental, que hizo colapsar la primera civilización humana que prosperaba en la región, fue la que dio origen al mito de la Atlántida.

Las nuevas evidencias científicas las obtuvo un equipo británico empleando sistemas de datación con carbono y pruebas arqueológicas. Estas evidencias muestran que el colapso de la capa de hielo de Norteamérica, elevó el nivel del mar en todo el mundo hasta 1,4 metros, lo que desplazó a decenas de miles de personas del sureste europeo que ya practicaban la agricultura.

Los investigadores dijeron en la publicación Quaternary Science Reviews que su trabajo proporciona pruebas evidentes que relacionan la inundación que ocasionó la separación del Mediterráneo del Mar Negro con el incremento de la agricultura en Europa.

"Miramos todos los datos anteriores sobre agricultura en Europa, y encontramos algo de agricultura en Grecia y los Balcanes justo antes de la inundación", dijo Turney en una entrevista telefónica. "Cuando llegó la inundación, la agricultura parecía haberse detenido, pero se reestableció una generación después en toda Europa".

Los expertos reconstruyeron las costas mediterráneas y del Mar Negro antes y después del alza del nivel del agua y estimaron que la inundación cubrió unos 73.000 kilómetros cuadrados durante un período de 34 años, lo que originó el desplazamiento de las poblaciones.

Pruebas arqueológicas anteriores han mostrado que las comunidades de la región ya cultivaban la tierra cuando se produjo la inundación. El equipo de Exeter sugiere que la migración masiva provocó una expansión repentina de la agricultura y la producción de alfarería en todo el continente. Los científicos creen que estas personas se llevaron sus conocimientos a otros lugares poblados anteriormente por cazadores y recolectores, donde no había ninguna prueba de agricultura.

Según señala la teoría de Manuschevich, ésta fue una de las varias áreas afectada por la catástrofe climática de aquel período, pero el desastre también afectó al centro de la civilización de la Atlántida, la región actual de Israel y Sinaí, como lo señalan otros estudio, como los de la geóloga Pareschi, lo que en definitiva hizo colapsar la civilización en ascenso, obligando a los sobrevivientes a migrar a nuevos puntos de la tierra.

15 de octubre de 2007

Pirámides, mapas estelares y la Atlántida (Parte 3 de 3)

Esta es la tercera parte del interesante artículo del investigador chileno Jaime Manuschevich sobre las pirámides de Egipto, su relación con la constelación de Orión y la Atlántida.

Las preguntas que nacen de la nueva teoría

Sin duda Robert Bauval ha hecho un gigantesco aporte al estudio y compresión del mundo antiguo, pero como todo en la ciencia, sus descubrimientos han abierto nuevas interrogantes.

Hoy es bien sabido que prácticamente todas las culturas antiguas erigieron imponentes estructuras con fines rituales y astronómicos, y la orientación y ubicación de estas construcciones se basaba casi siempre, en objetos o acontecimientos astronómicos importantes, como las posiciones de brillantes estrellas, los planetas, los puntos del horizonte por donde se veía la salida y puesta de la Luna y el Sol, y los solsticios y equinoccios.

Esta constatación nos abre otras gigantescas interrogantes que son imposibles de pasar por alto y que cuestionan seriamente la interpretación que tenemos de la historia de la civilización.

¿Por qué la Avenida de lo Muertos de Teotihuacan coincide con la dirección de la Vía Láctea y con el curso del Nilo? ¿Es la situación de las Pirámides egipcias de Gizeh, con respecto a la de dicho río, un reflejo exacto de la que ocupa la constelación de Orión con respecto a la Vía Láctea? ¿A qué se deben estas asombrosas coincidencias? ¿Con que intención, y a través de qué ignorados conocimientos matemáticos, contemplaban los antiguos las estrellas? ¿Por qué mayas, aztecas, egipcios y otros pueblos de la antigüedad situaron algunas de sus construcciones más relevantes de forma que coincidieran con determinados mapas del cielo?

Siguen existiendo otro sinfín de preguntas sin respuestas claras ¿De dónde y quiénes salió toda esta compleja información? ¿Quién la conservó? ¿Por qué Egipto apareció de pronto como una civilización con información astronómica tan completa? ¿Por qué son o eran tan importantes los mapas estelares? ¿Por qué estos mapas estelares lo usan todos los pueblos antiguos? Y la pregunta final y esencial: ¿Hay una raíz común?

La Atlántida: el nuevo paso lógico en la investigación

Cada una esas interrogantes las he trabajado ya desde hace varios años y la respuesta que formulé es clara: todos estos datos constituyen una prueba consistente de la existencia previa de una civilización y estos nos señalan en la dirección de la mítica Atlántida. Con este cúmulo de estas nuevas evidencias, Atlantis ya no es una entelequia absurda y abstracta, sino que claramente se muestra como una civilización basal que existió en un periodo anterior a todas las clásicas que conocemos y que alcanzó alto nivel de un conocimiento astronómico, que posteriormente se difundió entre sus herederas.

Quizás como el más definido dato en este marasmo de información nueva aún sin procesar, es la fecha en el cielo que fijan las pirámides -el 10500-, que claramente nos pone en la era de la isla mitológica. Al parecer, es evidente que estos gigantescos monolitos no fueron construidos en aquella fecha, pero ellos marcan un hito tan importante en la historia de aquel período que su información se conservó por varios milenios y ameritó que los hombres hicieran unos gigantes esfuerzos por conservar la fecha en piedra para la posterioridad. El astrónomo y catedrático en la Universidad de Cardiff, Chandra Wrickamasinghe, que ha hecho contribuciones importantes en el campo de la física de las partículas de polvo interestelar, señaló hace un tiempo atrás que “las pirámides son tan impresionantes porque debieron obedecer a un gran fenómeno cósmico”.

Desde hace varias décadas, cada vez son más los investigadores y científicos que están llegando a esta misma conclusión, más allá del desprestigio y crítica del tradicionalismo a sus teorías. Charles Hutchins Hapgood, un reconocido científico, hace ya casi cinco décadas después de muchos estudios, concluyó que así fue. Lo mismo sostiene el geólogo Robert Schoch, que estableció en 1992 ante la Sociedad de Geología de América que la Esfinge es mucho mas antigua que lo que se cree. Graham Hancock sostiene lo mismo a raíz de sus propios trabajos.

La antigua astronomía apunta a un sitio: el Medio Oriente

Según Williams Sullivan, especialista en paleoastronomía y mito antiguos, en su libro “El Secreto de los Incas”, (1999, Grijalbo, páginas 130, 131) señala que toda la información astronómica antigua tiene una raíz común, que reafirma de forma tan categórica como el tema agrícola o genético, la existencia de una civilización matriz. Para no exponer largos textos completos, solo citaré algunas conclusiones más claras y categóricas:

“Y no nos equivoquemos, aquí nos encontramos con un “metalenguaje” que puede manejarse en diferentes ecosistemas y latitudes (…) Desde las pirámides escalonadas de Babilonia hasta la de Palenque y desde el zodiaco de Dendera hasta la Llama Celeste, se encuentran pruebas de la existencia no un débil conjunto de “creencias” sobre el más allá, sino un lenguaje ubicuo y muy estructurado que refleja una penetrante comprensión de la mecánica celeste, con el objeto de sondear, investigar, conocer el destino último del hombre. Las mejores mentes y haciendas del mundo arcaico se dedicaron se dedicaron a este propósito”.

Mircea Eliade, un reconocido y prestigioso historiador de las religiones, ya fallecido, señala que “la creencia en la posibilidad de una comunicación directa con el cielo”, fue el resultado de una influencia directa, más que algún mecanismo psíquico que implicara ideas “universales” o “naturales”. Entre esta influencia debemos admitir la influencia del Medio Oriente. Los investigadores Santillana y Dechend dejan clara una opinión similar, afirmando que de una “antiquísima” fuente del Oriente Próximo es de donde proceden las nociones relativas a los tres dominios, los siete o nueve cielos, un “pilar del mundo”, etc.

La información es clara: existió una antigua civilización basal, que generó todos los conocimientos astronómicos antiguos y su foco fue el Medio Oriente, en un periodo previo a las civilizaciones reconocidas. Aquí nuevamente nos enfrentamos a las creencias de lo que es la historia humana, cargada de prejuicios, que aún tiene serias dificultades para enfrentar los hechos.

Pienso que toda la mitología inicial, que en muchos casos derivó en religión, fue creada para salvar la información científica, astronómica, climática e histórica del hombre después de la caída de Atlantis, a partir de los sobrevivientes y colonizadores que se repartieron por el mundo.

El mito es un metalenguaje de la ciencia antigua. Detrás de cada mito hay un trozo del conocimiento de la Atlántida.

Es nuestra tarea descifrarlo.

11 de octubre de 2007

Pirámides, mapas estelares y la Atlántida (2 de 3)

Esta es la segunda parte del interesante artículo del investigador chileno Jaime Manuschevich sobre las pirámides de Egipto, su relación con la constelación de Orión y la Atlántida.


Pero habían muchas más coincidencias

Más adelante, cuando se puso a investigar en profundidad el tema, Bauval adicionalmente se percató de que los hipotéticos canales de ventilación de las cámaras de la Gran Pirámide de Keops estaban orientados hacia algunas constelaciones específicas y entre ellas, al mismo sistema de Orión, fenómeno que ya había señalado el arquitecto y también egiptólogo A. Badawy durante los años 60. Apoyado en un potente programa computacional, Bauval pudo observar que en la supuesta época en la que se construyeron las pirámides (ca. 2500 a. de C.) existían una serie de vínculos astronómicos que, a ciencia cierta, nada tenían que ver con el azar.

El canal Norte de la llamada Cámara del Rey de la Gran Pirámide estuvo orientado en esta fecha hacia la estrella Alpha de la constelación del Dragón, también llamada Tuban, y que en la Antigüedad hacía las funciones de estrella polar para marcar el Norte. El canal Sur de esta misma Cámara del Rey, estuvo orientada hacia la estrella Zeta Orionis, es decir, aquella que se identificaba con la propia pirámide de Keops. Por su parte, el canal norte de la Cámara de la Reina, estuvo orientado en fecha hacia la Osa Menor y el Sur hacia la estrella Sirio, la más brillante de la constelación del Can Mayor, y una de las más importantes del panteón egipcio, ya que era identificada con la diosa Isis, esposa de Osiris.

En el colmo de la “coincidencia”, la teoría de Bauval terminó por confirmar la vieja sospecha que tenían ciertos egiptólogos desde hace tiempo, intuyendo que los antiguos egipcios identificaban la Vía Láctea con su río Nilo. Efectivamente, así es, y tal como ocurre en el cielo como en la Tierra, tanto Gizeh como Orión acaban teniendo la misma estructura.

Más allá del debate de pequeñeces o alineamiento específicos, ya no había duda que estas construcciones estaban relacionadas con el cielo.

Pero lo más extraordinario, es que si bien el programa informático decía que la fecha del 2475 a. de C. era excelente para identificar Gizeh con la constelación de Orión y la orientación de los supuestos canales de ventilación de las cámaras del Rey y de la Reina en la Gran Pirámide, el 10500 a. de C. era aún una fecha mucho mejor.

Los cambios en la investigación arqueológica

Con el tiempo, sus descubrimientos, no se quedaron en la meseta de Gizeh, sino que se expandieron a otras pirámides de Egipto, ya que existen otras construcciones de este tipo que se corresponden con diferentes estrellas de la misma constelación de Orión. En este sentido, la pirámide de Djedefre, ubicada en la cercana localidad de Abou Rowash, sería la estrella Saiph (Kappa Orionis), y la pirámide de Nebka, en Zauyet el Aryan, la estrella Bellatrix. Para poner un broche de oro a tan fascinante teoría Bauval extiende sus planteamientos a otros grupos monumentales fuera de la constelación de Orión. Así, la pirámide de Esnofru en Dashur estaría relacionada con las Híades, más en concreto con Aldebarán y 311 Tauri. También, esta teoría acaba por confirmar la vieja sospecha de los egiptólogos que creían que los egipcios identificaban la Vía Láctea con su río Nilo.

En definitiva a lo largo de los últimos 20 años, esta teoría ha revolucionado la egiptología y de hecho ha reforzado de manera muy importante una nueva ciencia emergente: la arqueoastronomía, que es el estudio de yacimientos arqueológicos relacionados con el estudio de la astronomía por culturas antiguas y el grado de conocimientos astronómicos poseído por los diferentes pueblos antiguos. Uno de los aspectos de esta disciplina es el estudio del registro histórico de conocimientos astronómicos anterior al desarrollo de la moderna astronomía.

Un ejemplo de este tipo de estudios se encuentran en el extenso registro producido por la antigua astronomía china en busca de “estrellas invitadas”, es decir objetos o estrellas observados por los antiguos astrónomos chinos y registrados como objetos pasajeros. Algunos de ellos eran cometas mientras que otros constituyen supernovas cercanas cuya aparición en tiempos históricos permite estudiar en detalle la evolución temporal de estos fenómenos.

Asimismo, por intermedio de la Arqueoastronomía se está empezando a comprender la función de los magníficos monumentos megalíticos (grandes piedras), que nos legaron.


(continuará)

10 de octubre de 2007

Pirámides, mapas estelares y la Atlántida (1 de 3)


El investigador chileno Jaime Manuschevich comparte con nosotros un interesante documento relacionado a los descubrimientos de los misterios de las pirámides de Egipto, mapas del cosmos y la leyenda de la Atlántida. Este es el primero de una serie de tres artículos que publicaremos esta semana.

El estado del debate

En el mundo occidental, el debate sobre el origen, forma de construcción y función de las grandes pirámides de Egipto sigue estando tan inmaduro o en verde como cuando comenzó hace más de 2500 años, a raíz de los relatos de Heródoto de Helicarnaso, el padre de la historia. Desde los inicios de la egiptología moderna, por llamarla de alguna manera, en el siglo XVIII, se ha mantenido entre los egiptólogos las ideas originales de historiador griego, basados en las creencias egipcias, que habían vivido varios y profundos períodos de oscurantismos, sin pasar por un sistema científico de verificación.

Durante los últimos 200 años se ha sostenido la egiptología clásica que estas megas construcciones fueron levantadas en periodos breves de tiempo –no mas allá de un par de décadas- con el objeto de servir de tumba a tres faraones egipcios: Keops, Kefren y Micerino, padre, hijo y nieto respectivamente, integrantes de la IV Dinastía, aunque jamás se haya encontrado ni la más mínima prueba o evidencia arqueológica que ratifique que fueron tumbas, ni se haya demostrado hasta hoy de una forma confiable como fueron construidas y en cuanto tiempo fueron movidos millones de toneladas de roca para su edificación. Sobre estos temas hay cientos de hipótesis y tal vez varios miles de libros.

Sin embargo, mucha agua ha corrido bajo los puentes de la Egiptología. Después de grandes debates, al fin ha comenzado a variar a lo menos el arcaico e inconsistente enfoque de que estas gigantescas obras de ingeniería eran inocuas tumbas de reyes o faraones, impulsados por la megalomanía o la fe. Hoy se comienza a aceptar que las grandes pirámides, así como varios de antiguos monumentos egipcios, tales como Dendera y otros templos, están asociados al cielo, a la astronomía, representando posiciones de estrellas y no simples tumbas repartidas al azar, como se sostenía categórica y fehacientemente, quizás hasta altaneramente, hasta hace unos pocos años atrás.

La observación clave de Bauval

Robert Bauval, ingeniero nacido en Egipto en 1948, desde 1982, ha estado investigando el conocimiento estelar y astronómico de los antiguos constructores de pirámides egipcios, elaborando la ya mundialmente famosa teoría de la correlación entre Orión y Gizeh y generando una airada polémica al fechar el origen de la Esfinge hacia el 10.000 a.C. Su nueva teoría para entender las grandes pirámides puso de cabeza la Egiptología clásica y ha causado la irritación de muchos. Pero al final, como en la ciencia lo que importa son las pruebas, que en este caso son tremendamente contundentes a favor de Bauval, ya pocos se atreven a negar el estrecho vínculo entre las Pirámides y el Cinturón de Orión, estrellas que eran vistas como el cetro de Osiris en el antiguo mundo egipcio.

La primera parte del descubrimiento de Robert Bauval se originó en una visita del Museo Egipcio de El Cairo, donde vio una gran fotografía aérea que mostraba los vértices de las tres pirámides de la meseta de Gizeh, percibiendo que las tres enormes construcciones no estaban perfectamente alineadas, sino que la más pequeña de todas, la que pertenecía al faraón Micerinos, se desviaba de la diagonal que unía a sus dos pirámides mayores. “El desvío se notaba tanto como un cuadro torcido en una pared”, comentó el propio Bauval más tarde. Esta singular observación cambiaría radicalmente la vida del ingeniero, ya que poco después, el año 1983, mientras trabajaba en Arabia Saudí, completó su descubrimiento.

En una noche de verano, mirando al cielo, Bauval observó que la estructura que poseían las tres estrellas que componen el cinturón de la constelación de Orión, era idéntica a la configuración de las tres pirámides de la meseta de Gizeh que había observado, incluida la pequeña desviación de la más pequeña. Para encuadrar perfectamente las posiciones de las construcciones terrestres con las estrellas de Orión, Bauval invirtió la polaridad Norte-Sur de un mapa convencional moderno, colocando el Sur al Norte y viceversa. Su inmediata hipótesis fue la posibilidad de que estas estructuras estuviesen hechas con el objeto de representar estas estrellas, naciendo así la teoría de la conexión de Orión.

(Continuará)

24 de agosto de 2007

La Atlántida está en Israel

Jaime Manuschevich es chileno. Y su teoría sobre la Atlántida es una de las más respetadas en la actualidad por los investigadores del mito de Platón. En su sitio LaAtlántida.cl hay varios documentos y datos sobre su teoría y el libro que publicó. Además, fue entrevistado para la revista Muy Interesante de agosto (edición chilena) y en el blog Desenfocados hay un extracto de una entrevista donde explica claramente por qué piensa que la Atlántida estaba en Israel. A continuación, un fragmento del texto:

En breves palabras, ¿en qué consiste su teoría, qué pruebas existen?
En mi libro, La Atlántida, el mito descifrado (2002), planteo que el lugar real de la civilización mítica es el territorio norte del Gran Valle del Rift o la antigua Canaán, que hoy corresponde a Israel y el Sinaí, que fue una isla hasta el año 5.600 antes de la era común, según lo que establecieron los geólogos Ryan y Pitman. Este territorio está rodeado por el valle de Jeezrael por el norte, por el Mar Muerto y el Mar Rojo por el este, y el Golfo de Suez por el oeste, que son importantes depresiones.Si allí hubiese agua, como en un pasado no muy remoto, el territorio sería una isla, la más grande de la región mediterránea porque tendría el doble de territorio que Sicilia. Una buena foto aérea despeja toda duda de lo que digo.

Las pruebas existentes son abundantes en todos los campos de la ciencia y la investigación. En ese territorio existieron, hace más de 11 mil años, los natufitas o natufienses, que justamente fueron los primeros productores de alimentos de la historia humana, lo que dio inicio a la civilización. También está allí la primera ciudad reconocida, Jericó, que en mis conclusiones fue un puerto al mar Muerto, ubicado en un estrecho mar, tal como dice el mito. Los pueblos antiguos de la región, todas las ramas de los cananeos, incluidos judíos y fenicios, tenían al toro como un animal de sacrificio, tal como dice el mito. La tierra, antes fue una zona muy prodiga, en la cual hubo muchísimos cultivos. Allí hay numerosas ciudades antiquísimas, tales como Jericó, Järmo, Ugarit, Asikli, Tell Halaf, Abu Hureira, 'Ain Ghazal, Tell Aswad, Ain Mallah, Beida, Sela o Mureybet. Su influencia cultural es absolutamente visible en el sur oriente de Europa, Egipto y Mesopotamia. En esa región están los primeros puertos, ratificando su antiquísimo historial marítimo, como dice el mito. La región está llena de canales o wadis (ríos secos), tal como señala el relato. Este territorio tiene una forma oblonga, como cuenta Platón.

Los más actuales estudios de la genética humana ratifican que ese es el punto de la tierra del cual salieron los pueblos agricultores, con los Haplogrupos M35, M172 y 12f2.1, que se diseminaron hacia Europa y Asia. También ese territorio ha sido desde hace milenios el escenario de lucha entre dos meganaciones neolíticas: semita e indoeuropeos, o como lo plantea esta leyenda, entre atlantes y griegos. Allí existieron antiguamente sistemas federales de gobierno, encabezados por reyes sacerdotes, como establece esta saga. A los datos de Ryan y Pitman sobre el desastre que la destruyó, hoy se suman los datos de la geóloga italiana Maria Teresa Pareschi, quien este año detectó un gigantesco tsunami en el Mediterráneo oriental, provocado por un gran derrumbe del volcán Etna, en las mismas fechas de Ryan y Pitman y que yo establezco para su colapso, que golpeó brutalmente la zona. En fin, los datos abundan en todos los campos de la ciencia, la arqueología y la historia".